nenas del árbol… | microrrelatos

Las nenas del árbol no son nenas cualquiera.

Para empezar son más dulces que las demás, con una piel suave y morada producto del sol y el aire libre.

Son nenas de cuello fino y delgado, de cuerpo robusto pero con encanto.
Las nenas del árbol son especiales.

No tienen piernas como las demás nenas, será porque no se mueven mucho que digamos.
Además casi nunca bajan del árbol.

Hay veces que pienso que las nenas del árbol tienen algo que ver con esos bichos que duermen para abajo.
Pero no, no creo, porque esos son feos y las nenas del árbol son las criaturas más lindas y dulces que hay en todos estos campos.

Paso horas mirando a las nenas del árbol, sus movimientos, como pasan el día dedicadas a sus cosas sin prestarle atención a nadie. Perdidas en su mundo. Su árbol.
Hay veces que incluso alguna cae jugando y yo la levanto y la vuelvo a poner con sus amigas, pero ya no es lo mismo.
Es como que la nena que se cae del árbol ya no puede volver. Y sigue su camino. Para otro lado.

En eso estaba, como siempre, mirando las nenas del árbol cuando llegó mi hermano.

-¿Qué hacés? –me preguntó.

-Nada, miro a las nenas del árbol.

-No son nenas, son manzanas. –dijo mi hermano.

Y se fue.

Matando la imaginación de un niño.

Que ahora sólo veía manzanas en un árbol.

 

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la última batalla… | microrrelatos

Desangrándose en el crepúsculo del campo de batalla que llevaría su nombre,
el eterno líder se vio superado en todo sentido.

Acosado por la manzana de la rendición, hizo pié en su segundo y mirando su batallón diezmado, supo,
con la certeza del destino,
que sólo había dos caminos.

Reunió todas sus fuerzas y con el poder del alma les dijo, a los pocos valientes que le quedaban, unas sencillas pero eternas palabras:

“Cada hombre es dueño de su destino y no debe dar explicaciones ante nadie.
Los que quieran vivir, vayan a casa.

Los que quieran vivir para siempre,
ayúdenme a empuñar la espada y a mirar a la eternidad a la cara.”

 

 

el viaje… | microrrelatos

Subió al metro como lo hacía todos los días.

Y se sentó en el mismo asiento. Desde donde disfrutaba contemplando a la gente y analizando sus rostros, sus miradas. Inspeccionando su alma e imaginando sus vidas.

Siempre pensó que tenía un don para eso.

Creando historias en el metro reparó, de pronto, en una anciana con expresión vacía. Era una mujer extraña. Algo en ella lo cautivaba. Intentó imaginar su historia, pero nada.

Esa anciana tenía algo distinto. No podía ver ni su pasado, ni su presente.

Le era imposible deducir su vida.

Puso toda su imaginación a trabajar en ella. Pero nada.

Concentrado en esa intrigante mujer, se dejó vencer por el sueño.

Al poco tiempo despertó.

La anciana seguía allí. Inmóvil, con su expresión vacía.

Sin embrago el metro era distinto. La gente a su alrededor también era distinta. Todo parecía extraño, confuso, antiguo.

Mirando para todos lados, reparó en sus manos, jóvenes, firmes, sin arrugas. Se puso de pie de un salto y buscó, desesperado, su reflejo en uno de los vidrios.

Era él, no había dudas, sólo que veinte años más joven.

Se creyó soñando y se pellizcó con todas sus fuerzas, como lo hacen en las películas. El grito hizo que todos los pasajeros se voltearan hacia él, salvo la anciana, que seguí allí, inmóvil, con su expresión vacía.

Estaba mareado y confundido. Pero de pronto algo le resultó familiar y con los ojos encendidos miró fijo a la anciana mientras se dejaba caer nuevamente en su asiento.

Ya sabía que pasaba. Ahora todo tenía sentido. Su corazón latía enajenado, inundando su cuerpo de una certeza extraña. Una certeza que cobraba fuerza y lo consumía.

Se había despertado en un recuerdo.

Sabía exactamente el año, el día, la hora. Recordaba todo. Recordaba incluso, a esa anciana extraña que ese día, a sus veinticinco años, se había guardado en su memoria con la fuerza de una instantánea, tomada hacía vidas.

De pronto se lo ocurrió que tenía la posibilidad de rescribir su destino y cambiar, con el poder de la experiencia, la suerte ya vivida.

La emoción de una nueva etapa se apoderó de él. Ya planeaba su futuro, imaginaba los millones que ganaría a la lotería. Los libros que escribiría y lo famoso que las películas de otros directores, a él lo harían.

Todo era maravilloso, un nuevo mundo de promesas y éxitos lo esperaba a la salida del metro.

La emoción inundaba su alma con la paz de una caricia. Las ideas se amontonaban en su mente, prometiendo fama, fortuna y un éxito que hasta ahora no conocía.

Sin embrago, en ese momento, una violenta revelación abofeteó su cerebro, sacándolo de su ensoñación profética.

Faltaban poco menos de diez años para que conociera al amor de su vida.

El pánico se apoderó de él. El más mínimo cambio podía alejarlo de ella para siempre. El más mínimo cambio podía evitar el contacto que los hizo carne y a los pocos días un alma misma.

Se encogió tanto que el aire no llegaba a sus pulmones. Estaba aterrado. Preso del mecanismo del tiempo que lo acechaba con precisión siniestra y amenazaba con quitarle lo que él más quería.

Por eso se puso de pie y tratando de recordar el resto de su vida, se bajó en la misma estación en la que había bajado veinte años antes.

Y mirando a la misma anciana que había visto ese día, le suplicó, con el silencio de su mirada, que le ayudara a recordar cada paso, cada momento, para repetirlo cada día.

Cuando el metro abandonaba la estación la anciana seguía allí.

Inmóvil, con expresión vacía.

 

 

fracciones de segundo… | microrrelatos

De pronto encontró, sin más búsqueda que un suspiro, una falla tan mínima como eterna, tan sutil como etérea, que afecta a todos los que a este mundo dedican su vida.

Había algo que no encajaba. Algo que por más inteligentes y eruditos que fueran, a todos escapaba.

Era tal vez la simplicidad con la que se anunciaba, esa cruel trampa del destino que de tan sencilla, de tan mínima y pequeña, a la humanidad entera tenía engañada.

Pero él lo descubrió. Tan claro como visible. Tan lógico como aterrador.

Estaba ahí. A simple vista. Cada vez que pestañeaba.

Al abrir y cerrar los ojos el mundo se esfumaba. Y volvía otro mundo, distinto, modificado, un mundo muy diferente del que sus ojos recordaban.

Eran milésimas de segundo, verdad. Incluso muchos le dirían que no era nada. Pero él sabía, que milésima a milésima, el tiempo se evaporaba.

Y que si sumaba todas las veces que parpadeaba, el resultado lo mataría por dentro, lo atacaría con la fuerza de esa eternidad que se le escapaba.

Era un tiempo tan perdido como muerto. De secretos escondidos.

Secretos que nadie quería ver, que nadie podía ver. Que nadie añoraba.

Pero a la débil luz del tenebroso descubrimiento, sólo veía dos opciones.

Una era dejar de parpadear, evitando que el tiempo se escapara.

Eligió la segunda.
Y cerró los ojos para siempre, con la ayuda de unas gotas que le quemaron hasta el alma.

 

 

Te amo che!

rosas

La miró fascinado. Como se miran esas copas de fino cristal con las que se brinda despacio. La adoró en secreto, pero de inmediato. Atesorando su perfume en un recuerdo, que vuelve a él a cada rato.

Se sentía libre y abrumado. Se sabía presa y encantado.

Ella brillaba con luz propia, encandilando, con la magia de sus sueños, una vela que parpadeaba en otro tiempo. Otro mundo. Un mundo para ellos perfectamente creado.

Sin saberlo, él se fue soltando. Dejando entrar esa mirada que esperaba hacía años. Su voz lo acariciaba desde adentro, con la frescura dulce del otoño, que flotaba, entre hojas peso pluma, esa eterna noche, de un mayo tan soñado.

Él la recorría con ojos perdidos, ojos mendigos, que la miraban desde abajo. La miraban como se mira a quien se teme. Pero no por amor al temor.

Por temor al amor era en este caso.

Ya la sentía tan parte suya que la falta de recuerdos le era extraño. Como si se hubieran visto en otro momento, en otra vida, en otro otoño. En otro año.

Nunca sabría si por la fuerza del amor, sus caminos se habían cruzado, o si ellos, sin darse cuenta, estaban escribiendo su propio destino, con tinta color vino y tomados de la mano.

Lo único que sí sabía es que esa noche, al entregar su alma con un beso, se dio cuenta que la conocía desde siempre.

La conocía desde siempre, sin que nadie los hubiera presentado.

 

Para vickyta, el amor de mi vida.

 

el ascensor… | microrrelatos

Llegó tarde. Unos minutos. No tan tarde.

Sin embargo el edificio ya estaba vacío. Confiando en que lo esperarían, subió al ascensor y marcó el número diez. Era uno de esos ascensores modernos que no hacen ni un ruido, una caja hermética destinada no sólo a llevarlo a la altura deseada, sino también diseñada para brindarle un espacio sin tiempo, un refugio perfecto donde entregarse a sus pensamientos.
Nada podía distraerlo.
No había ruidos ni dentro, ni fuera de esa caja de meditación a la que el mundo llamaba ascensor.

Por eso no se sobresaltó cuando sintió el apagón. Cuando el edificio entero se detuvo, él esperó, paciente, entregado a su meditación.

Pero al rato, la meditación se hizo angustia y la caja perfecta olía más a tumba que a ascensor. Escuchando los estruendosos latidos que escapaban  de su pecho comenzó a gritar por ayuda.
Nada.

Sólo las paredes del ascensor le devolvían un débil lamento que arrancaban de sus propios gritos. Gritó más fuerte, golpeando, con puños y pies, el ascensor.
Nada.

Horas más tarde, ya cansado y dolorido, se dejó caer. Sentado contra uno de los laterales volvió a su estado de meditación y comenzó a cantar.
Si hubiera sabido que era la última canción que cantaba en su vida, la hubiera elegido mejor. Porque dos días más tarde, todavía en perfecto estado de meditación, cantaba esa misma canción. Mientras fuera del edificio se escuchaban, siniestras sirenas que anunciaban, ya estaba todo listo para la implosión.

 

 

cincuenta y siete… | microrrelatos

Ese número lo atormentaba hacía vidas.
57.
La culpa se adueñaba de sus pensamientos, de su cuerpo, de sus días.
El sueño era un amigo lejano, que ya casi no veía.
Noche tras noche, sus 57 víctimas se hacían carne y lo perseguían.
57.
Ni uno más; ni uno menos. 57.

Eran 57 almas. Hombres, mujeres, niños y niñas, que marcaban,
a fuego de recuerdo, los meses que hacía que no dormía ni comía. 57, 57.

No tenía más fuerzas para seguir adelante,
ni siquiera para sufrir en soledad su tristeza y su agonía. 57.

Un día, en la puerta de una iglesia, decidió confesar,
con sincero arrepentimiento,
los 57 asesinatos que eran dueños de su vida.

Otra vez en la calle, se hizo libre de pecado y sintió que la paz lo consumía.

El 57 ya no estaba.

Sus ojos se inundaron de extrañas lágrimas que apenas conocía.
Ya no sufría el dolor intenso de esas 57 espinas.
De ese odiado 57 que tanto lo perseguía.

Sin embargo el pánico se apoderó de él y volvió a entrar a la iglesia corriendo por su vida.

58.

No podía dejar testigos.
58.

 

 

por una sonrisa… | microrrelatos

No era la primera vez que le sucedía.

Tuvo muchas oportunidades de probar con frialdad su temple y matar con silencio su agonía.

Pero ésta vez fue distinta. Única.
Un dolor profundo, una amargura especial.

Por eso no perdonó.
No dudó.
No vaciló.

Un golpe tan rápido como certero llenó de odio el lugar.

Desde otra perspectiva, un alma libre y confundida,
presenciaba esta escena con la paz de quienes levitan.

Con el maquillaje corrido por las lágrimas y las manos salpicadas del color de la venganza,
el payaso más triste del mundo escribía, sobre un pecho inerte,
una nota con sangre que decía:

“Es más fácil matar a un hombre que hacerlo sonreír.”

 

 

nacimiento… | microrrelatos

Tan pronto como abrió sus ojos,
la luz fluorescente del ejército de tubos perforó sus pupilas,
inundando, con la fuerza inerte de un deshielo,
su cerebro de extrañas sombras y agonía.

La adrenalina se apoderó de su cuerpo, que dolía, ardía
y con incontrolables espasmos
le pedía a gritos la coherencia que lo mantuviera con vida.

Todo era nuevo, incierto, infierno.
No había palabras que pudieran escapar de su boca.
No había suspiros,
ni siquiera sueños traducidos en sonidos.

Sólo un pánico de agudos chirridos.
Sólo un llanto inexplicable que nunca había sentido.

Todo era sorpresa, desconcierto.

Y sólo se escuchaba, correr por los pasillos,
frenéticos médicos unidos en un grito.

El niño que hacía 37 años, en estado de coma había nacido,
hoy se sentía vivo.

 

 

haiku cotidiano…

Llamó tu vieja.

Hacete ensalada.

Hay milanesas.