el ángel… | microrrelatos

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Soñando sueños sin poesía se despertó con un ángel a su lado.

Nunca había visto un ángel en su vida, pero la paz que emanaba su luz lo envolvió como un encanto.

Mirándola a los ojos pidió tomarla de la mano.

Y así el ángel le enseñó a volar.

Le enseñó a mirar el mundo desde lo alto.

Le enseño a poner en perspectiva lo bueno y lo malo.

Le enseñó a cruzar océanos y a llegar más lejos de lo que jamás hubiera pensado.

Le enseño a entregarse en cuerpo y alma, a escuchar su corazón y a jugarse por amor, sin reparos.

Le enseñó las cosas que de verdad valen la pena y lo lindo que es amar.

Con amor sincero.

Ése amor que dura un poco más que la eternidad.

También le enseñó a soñar de nuevo.

Pero sueños de amor y de vida. Sueños con poesía.

De esos sueños que merecen ser soñados.

Hace un año que despierta, todos los días, con el ángel a su lado.

Y aún hoy, ellos siguen volando.

Mirándose a los ojos. Y tomados de la mano.

 

* Para mi vickyta, aunque ya hace bastante más de un año… (L)

 

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De más está decir que están todos invitados a darle al me gusta
y a compartirla con quien quieran!

 

Pixel Anarquista!!!

Aparentemente estaría surgiendo un movimiento CanArquista muy fuerte
que se opone al cierre del pipican del Parc Güell!

Su líder, una peligrosa fiera de Girona,
se ha tomado hoy esta fotografía en repudio a las medidas que se avecinan.

Políticos mucho cuidado!!!
La canarquía está marcando territorio en Gràcia, literalmente.

canarquismo

nenas del árbol… | microrrelatos

Las nenas del árbol no son nenas cualquiera.

Para empezar son más dulces que las demás, con una piel suave y morada producto del sol y el aire libre.

Son nenas de cuello fino y delgado, de cuerpo robusto pero con encanto.
Las nenas del árbol son especiales.

No tienen piernas como las demás nenas, será porque no se mueven mucho que digamos.
Además casi nunca bajan del árbol.

Hay veces que pienso que las nenas del árbol tienen algo que ver con esos bichos que duermen para abajo.
Pero no, no creo, porque esos son feos y las nenas del árbol son las criaturas más lindas y dulces que hay en todos estos campos.

Paso horas mirando a las nenas del árbol, sus movimientos, como pasan el día dedicadas a sus cosas sin prestarle atención a nadie. Perdidas en su mundo. Su árbol.
Hay veces que incluso alguna cae jugando y yo la levanto y la vuelvo a poner con sus amigas, pero ya no es lo mismo.
Es como que la nena que se cae del árbol ya no puede volver. Y sigue su camino. Para otro lado.

En eso estaba, como siempre, mirando las nenas del árbol cuando llegó mi hermano.

-¿Qué hacés? –me preguntó.

-Nada, miro a las nenas del árbol.

-No son nenas, son manzanas. –dijo mi hermano.

Y se fue.

Matando la imaginación de un niño.

Que ahora sólo veía manzanas en un árbol.

 

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la última batalla… | microrrelatos

Desangrándose en el crepúsculo del campo de batalla que llevaría su nombre,
el eterno líder se vio superado en todo sentido.

Acosado por la manzana de la rendición, hizo pié en su segundo y mirando su batallón diezmado, supo,
con la certeza del destino,
que sólo había dos caminos.

Reunió todas sus fuerzas y con el poder del alma les dijo, a los pocos valientes que le quedaban, unas sencillas pero eternas palabras:

“Cada hombre es dueño de su destino y no debe dar explicaciones ante nadie.
Los que quieran vivir, vayan a casa.

Los que quieran vivir para siempre,
ayúdenme a empuñar la espada y a mirar a la eternidad a la cara.”

 

 

el viaje… | microrrelatos

Subió al metro como lo hacía todos los días.

Y se sentó en el mismo asiento. Desde donde disfrutaba contemplando a la gente y analizando sus rostros, sus miradas. Inspeccionando su alma e imaginando sus vidas.

Siempre pensó que tenía un don para eso.

Creando historias en el metro reparó, de pronto, en una anciana con expresión vacía. Era una mujer extraña. Algo en ella lo cautivaba. Intentó imaginar su historia, pero nada.

Esa anciana tenía algo distinto. No podía ver ni su pasado, ni su presente.

Le era imposible deducir su vida.

Puso toda su imaginación a trabajar en ella. Pero nada.

Concentrado en esa intrigante mujer, se dejó vencer por el sueño.

Al poco tiempo despertó.

La anciana seguía allí. Inmóvil, con su expresión vacía.

Sin embrago el metro era distinto. La gente a su alrededor también era distinta. Todo parecía extraño, confuso, antiguo.

Mirando para todos lados, reparó en sus manos, jóvenes, firmes, sin arrugas. Se puso de pie de un salto y buscó, desesperado, su reflejo en uno de los vidrios.

Era él, no había dudas, sólo que veinte años más joven.

Se creyó soñando y se pellizcó con todas sus fuerzas, como lo hacen en las películas. El grito hizo que todos los pasajeros se voltearan hacia él, salvo la anciana, que seguí allí, inmóvil, con su expresión vacía.

Estaba mareado y confundido. Pero de pronto algo le resultó familiar y con los ojos encendidos miró fijo a la anciana mientras se dejaba caer nuevamente en su asiento.

Ya sabía que pasaba. Ahora todo tenía sentido. Su corazón latía enajenado, inundando su cuerpo de una certeza extraña. Una certeza que cobraba fuerza y lo consumía.

Se había despertado en un recuerdo.

Sabía exactamente el año, el día, la hora. Recordaba todo. Recordaba incluso, a esa anciana extraña que ese día, a sus veinticinco años, se había guardado en su memoria con la fuerza de una instantánea, tomada hacía vidas.

De pronto se lo ocurrió que tenía la posibilidad de rescribir su destino y cambiar, con el poder de la experiencia, la suerte ya vivida.

La emoción de una nueva etapa se apoderó de él. Ya planeaba su futuro, imaginaba los millones que ganaría a la lotería. Los libros que escribiría y lo famoso que las películas de otros directores, a él lo harían.

Todo era maravilloso, un nuevo mundo de promesas y éxitos lo esperaba a la salida del metro.

La emoción inundaba su alma con la paz de una caricia. Las ideas se amontonaban en su mente, prometiendo fama, fortuna y un éxito que hasta ahora no conocía.

Sin embrago, en ese momento, una violenta revelación abofeteó su cerebro, sacándolo de su ensoñación profética.

Faltaban poco menos de diez años para que conociera al amor de su vida.

El pánico se apoderó de él. El más mínimo cambio podía alejarlo de ella para siempre. El más mínimo cambio podía evitar el contacto que los hizo carne y a los pocos días un alma misma.

Se encogió tanto que el aire no llegaba a sus pulmones. Estaba aterrado. Preso del mecanismo del tiempo que lo acechaba con precisión siniestra y amenazaba con quitarle lo que él más quería.

Por eso se puso de pie y tratando de recordar el resto de su vida, se bajó en la misma estación en la que había bajado veinte años antes.

Y mirando a la misma anciana que había visto ese día, le suplicó, con el silencio de su mirada, que le ayudara a recordar cada paso, cada momento, para repetirlo cada día.

Cuando el metro abandonaba la estación la anciana seguía allí.

Inmóvil, con expresión vacía.