el ascensor… | microrrelatos

Llegó tarde. Unos minutos. No tan tarde.

Sin embargo el edificio ya estaba vacío. Confiando en que lo esperarían, subió al ascensor y marcó el número diez. Era uno de esos ascensores modernos que no hacen ni un ruido, una caja hermética destinada no sólo a llevarlo a la altura deseada, sino también diseñada para brindarle un espacio sin tiempo, un refugio perfecto donde entregarse a sus pensamientos.
Nada podía distraerlo.
No había ruidos ni dentro, ni fuera de esa caja de meditación a la que el mundo llamaba ascensor.

Por eso no se sobresaltó cuando sintió el apagón. Cuando el edificio entero se detuvo, él esperó, paciente, entregado a su meditación.

Pero al rato, la meditación se hizo angustia y la caja perfecta olía más a tumba que a ascensor. Escuchando los estruendosos latidos que escapaban  de su pecho comenzó a gritar por ayuda.
Nada.

Sólo las paredes del ascensor le devolvían un débil lamento que arrancaban de sus propios gritos. Gritó más fuerte, golpeando, con puños y pies, el ascensor.
Nada.

Horas más tarde, ya cansado y dolorido, se dejó caer. Sentado contra uno de los laterales volvió a su estado de meditación y comenzó a cantar.
Si hubiera sabido que era la última canción que cantaba en su vida, la hubiera elegido mejor. Porque dos días más tarde, todavía en perfecto estado de meditación, cantaba esa misma canción. Mientras fuera del edificio se escuchaban, siniestras sirenas que anunciaban, ya estaba todo listo para la implosión.

 

 

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